Ya no soy de ningún lugar; voy y vengo de diferentes ciudades y al final me pierdo los edificios de cada una, los pasos de cada gente, las luces de toda navidad. No pertenezco a nadie, a nada y siento que es la vida que he elegido.
Ahora quiero irme, mañana volver.
Todos los que estaban lejos y se acercan a mí me molestan, a los que estaban cerca y se alejan les odio. Les culpo. Les veo hablar, reírse. Pero no me hacen gracia. Aún así vengo cada noche, bebo y fumo y me destruyo todo lo que puedo. Finjo que me hacen gracia. Después me levanto, igual de vacía a pesar de los litros, tambaleándome entre ciudades, rompiendo escaparates y clavándome los lápices de los dibujos que me hacías en el cuello.
Aunque me jure no volver, mañana haré el mismo camino.
En un suspiro vomito la madrugada, las estrellas, las generaciones perdidas en el mismo pozo en el que yo vengo cada noche a perderme. No quiero quedarme, no quiero arriesgarme a marcharme y perder lo poco que tengo. Está lloviendo y todo está repleto de niebla. Las rocas del fondo de la ciudad parecen dibujarme el camino. La lluvia es como las que solo pueden sentirse, pero no logras ver, como la vida. Como Dios.
Como tu amor. Como todo lo importante.
Ya he llegado a la cama, fría y solitaria. Tirito un rato hasta que entro en calor y lloro un poco. Lo justo para no volverme loca. Me sigue dando miedo dormirme, pero al final lo hago y vuelven los sueños donde me clavas tenedores en la lengua cuando intento besarte.
Mañana, pienso. Mañana es mi esperanza.
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