Esta noche ha sido desastrosa. Hacía frío y quería besarle y tenía miedo, mucho miedo. La sala estaba oscura, demasiada gente gritando por encima de la música y él llevaba tiempo perdido. Yo ya me había rendido, me había sentado en aquellos pufs elásticos que terminan por devorarte a los pocos segundos. Había demasiada gente y tenía miedo. Después de leer tanto y ver demasiadas películas de producción americana, una espera que cuando está en un estado de reflexión, arrastrándose fuera del agujero que hace días que le llama –aunque había ido a sentarme en aquel puf- aparezca justo esa persona que te pregunte qué te pasa, tengáis una conversación transcendental sobre la vida, que apesta, le cuentes esa anécdota personal e idiota sobre un padre que columpia a su hija en el parque y eso haga que quiera besarte. Pero la vida es más kafkiana. Allí estaba yo, hundiéndome infinitamente en aquella trampa, y esperando, sin saberlo,o al menos sin admitirlo, que llegase. Tenía frío y quería besarle. Pero, como si se presentase una tragedia del destino, o al menos así lo sentí llevando tanto alcohol y drogas en mi cuerpo, la gente pareció empezar a desplazarse y allí estaba él. ¿Eran ciertas las historias de los libros? ¿Aquéllos príncipes que corrían a salvar a sus princesas? ¿Era yo una princesa? Desde luego que no. Él estaba con otra, riéndose y disfrutando de una noche que para él seguramente no fuese tan oscura ni tan dramática. Me acusan siempre de poner demasiado drama en mi vida. Pero en esta ocasión, me quedé observándoles, no de manera masoquista, sino indiferente, decepcionada y al mismo tiempo, inundada por una envidia insólita ¿Eso eran los celos? Quizá sólo necesitaba besar a alguien que me convenciera unos minutos de que era importante. Es un asco sentir la necesidad de ser necesitada. Odié tanto esa idea, que me levanté de una manera bastante patética, y me lancé a la noche fría.
Disculpen el alcohol, lectores imaginarios, quizá sea deformación profesional. Pero eso no es lo que me ha llevado aquí esta noche, no. Hubiera sido una tragedia romántica demasiado común, demasiado literaria. Volvamos al principio.
Mi piso es un piso casi vacío, acabo de llegar. Sólo una habitación, y vacía, es lo que tiene la soledad, sería hipócrita tener más habitaciones. La cocina-salón, y el baño. En la cocina-salón, sólo hay una nevera, una encimera, un horno debajo de la cocina. No tengo mesas, lo que si tengo es un espacio amplísimo donde las paredes se recubren de una luz intensa. Una luz que viene de aquel inmenso ventanal. Lo único bueno que tiene ese piso. Además vivo en el último de un edificio altísimo, así que mis vistas son geniales. No porque la ciudad sea preciosa, sólo porque puedes ver su final y otro principio distinto. Mi suelo está lleno de papeles de periódico, porque no quiero mancharlo con la pintura. La pintura la uso para bañar las paredes de ideas que me sobrevienen. Mi casa es algo caótica. No quiero que sea de otra forma. Aunque estoy segura de que a mi madre le desquiciaría ver algo así. Un día, no recuerdo muy bien por qué, llegué a casa alterada, gritando y manchándome de pintura, me derrumbé sobre el suelo, me abracé y quise salir de aquella vorágine que estaba siendo mi vida. Tenía mucho frío y todo estaba demasiado oscuro.No sé cuánto tiempo pasó, pero nadie iba a venir a decirme que debía levantarme, así que hubo un momento, cuando esa situación comenzó a rozar lo absurdo, en que decidí hacerlo. Creo que el único motivo en realidad fue por encenderme un cigarrillo. Cuando por fin logré dar la primera calada, el palpitar de mi cabeza, el dolor de mis ojos y el temblor de mis piernas dejaron de ser importantes. Entonces me dije que el primer paso para vivir era conocerme a mí misma. Así sabría por qué hacia esas cosas, por qué era de esa manera. Me senté en el suelo imitando una postura de yoga que había visto en Sexo en Nueva York o en alguna serie de esas que se supone que son feministas. Cerré los ojos. Escuché mi respiración. Y de pronto, dejé de mentirme a mí misma.
Pero no, eso no es lo que me ha traído aquí. Ni mucho menos. Ni siquiera logré encontrarme, sólo respuestas breves e inconclusas que cambiaban según se presentaba un nuevo acontecimiento. Ni siquiera sé si llegué a tener ese piso.
Yo era una artista, sí, una artista realmente buena, de las que sueñan con Broadway y salir en algún programa de la tele. Salí con varios pintamonas que me hicieron romper los muros de la sociedad, poder vivir sin sus límites opresores. Ser libre, vaya. De esa manera, olvidé los espectáculos, tan superfluos, el teatro, los musicales, no, eso eran aún más convenciones. Yo quería ser más libre. Así que comencé a escribir, nadie de mí alrededor le interesaba realmente lo que yo quería decir. O al menos no leerlo. Al principio pensé que era por la poesía, a nadie le gusta la poesía, es demasiado complicada, no la entienden. O eso me decían a mí. También escribía relatos, pensé que querrían leer mis relatos, pero la gente parecía incómoda cuando se lo pedía y solían dar largas a modo de indirecta. No, lo que escribes puede ir a la basura. Con el tiempo, no quería ser famosa, no soñaba con salir en los libros de texto, escribía casi por costumbre, y si dejaba de hacerlo a nadie le importaba, ni siquiera a mí.
Por qué he vuelto a escribir entonces. No, esa no es la historia que me trae aquí. Porque a veces sueño con ser reconocida, aunque ya no me moleste demasiado en enseñar lo que hago a otras personas.
Recuerdo que en el hospital, estaba lejos de mi familia, no había avisado a nadie, porque para nadie era tan importante como para venir a perder el tiempo viendo a una enferma. Necesitaba tubos para respirar, no tenía escayolas, ni me ataban a la cama, pero me sentía aún más presionada. Nadie sabía qué me pasaba, al menos no la comunidad médica. Me miraban con tristeza y algún estudiante en prácticas me hacía compañía porque les daba pena verme allí tirada, con diecinueve años y mi habitación siempre vacía. Porque yo no la llenaba. Cuando me miraba las manos, las veía tan delgadas, tan frágiles que me asustaba y trataba de dormirme. No me preocupaba la muerte, aunque me advirtieron de ella. A veces, por las noches aparecía una sombra muy densa en la silla, yo pensaba que era ella y le hablaba. Le decía como había sido mi vida, que aquello de morir joven no era tanta tragedia, que si sabía algo de mi abuelo. A mis padres ni siquiera les avisé de mi estado. Por eso no me pesaba la soledad, porque la buscaba. No quería preocuparles por una cosa tan superflua como la muerte. No quería a nadie ahí. Yo y mi estúpida creencia de ser independiente. El hueso se me marcaba cada vez más, mi cuerpo estaba devorándome, tenía tantas máquinas conectadas a mí, que me reía pensando en que no era más que otra parte del mobiliario de un nuevo hospital del que presumían los políticos. Lo que más recuerdo son las noches de dolor, donde todo estaba oscuro, muy oscuro y tenía mucho frío y mucho miedo, y eso me hacía desconocer por completo cuánto pasaba entre un dolor y el siguiente. Pero era muy consciente de cómo empezaba un ardor en el estómago, un agónico ardor que se extendía intenso por todo mi intestino, después me hacía encogerme porque un gran foco de punzante dolor se apoderaba de todo mi cuerpo. Decían que era neuronal. A veces perdía la vista, o mi identidad. No estaba todo el tiempo ingresada, me soltaban de vez en cuando e iba a clase, como si nada, mis amigos de clase bromeaban sobre lo poco que iba, y algunos me criticaban. Es lo que tiene la g...
Pero no, no, no , no. No sé qué me pasa. Eso no es lo que me ha hecho estar borracha esta noche, ver el ordenador, y pensar que debería escribir algo sobre mí en vez tantas historias de muñecas y animales. La enfermedad hace tiempo que se curó o al menos está controlada. Empiezo de nuevo, y discúlpenme.
Fue aquel día, estando con mis amigos, bebiendo en un césped húmedo, rodeados de toda aquella gente que hacía lo mismo. Nos sentíamos bien cuando lo hacíamos en manada, la juventud se reunía para beber. Los incomprendidos adolescentes que se aquejan de sus madres severas o de sus padres borrachos, que tienen tantas ideas de cómo debería ser la vida, sin represiones, que las drogas no son tan malas, que no quieren ser como sus padres. Y allí estaba yo, regodeándome en el odio que les tenía. Un odio completamente fabricado en charlas adolescentes. Pero yo, como casi todo en mi vida, lo había llevado al extremo casi inexorable de irme de casa. Lo más gracioso de esta historia es que mis padres no se habían molestado en hacerme volver. Sabían que soy tan poco constante, que tarde o temprano volvería. Y lo hice. Días después. Pero en ese momento, me regodeaba de ello como quien sostiene una medalla de oro en las Olimpiadas. Además, por aquellos días, las peleas con otras chicas incluso más mayores, y los polvos desenfrenados en los baños de los bares, me habían hecho ganar respeto. El suficiente para que las críticas fueran por la espalda. Estábamos sentados en círculo, y un amigo vio a otro amigo que iba con sus amigos y así nos conocimos. Él enseguida me dio de su cerveza y pasó su brazo por mi hombro, y me habló del experimento de la cárcel de Standford, de la corrupción que te devora cuando obtienes poder, él quería ser filósofo. Por primera vez en mucho tiempo, me enamoré, pero yo no quería enamorarme. Y después de mucho tiempo resistiéndome, él apareció en mi casa, y dormimos juntos. Cuando me quise dar cuenta el amor se convirtió en casi esclavismo, y el verle hacer con otras lo que había hecho por mi casi no me dolía.
Y desde luego que me emborraché después, y follé hasta dolerme con algún amigo suyo, el más cercano. Porque era una niña rota, pero no es eso lo que me hace estar aquí. Volvamos al principio.
Estaba mirándome al espejo después de una ducha larguísima que había llegado a enrojecer mi piel. Tenía razón. Eso estaba claro. Era bastante poca cosa. Mi cara era demasiado pequeña para unos ojos tan grandes, casi marcianos, además tenía la boca torcida, y una expresión bastante tonta cuando me reía, por no hablar de mi cuerpo, demasiado delgada, no tenía tetas y un culo demasiado grande. Enseguida me vestí. Había quedado con él en la esquina de mi casa, él vivía una manzana más allá. Cuando me vio sonrío, y me besó de la forma más tierna que me habían besado nunca. Yo sonreí avergonzada, por aquella época ese tipo de cosas me daban bastante vergüenza. Fuimos a un parque cercano y nos tumbamos en la hierba. Después de cuatro besos y unos sueños compartidos nos fuimos a su casa. Él estaba sólo. Fuimos a su cuarto. Me dijo que me quería. Llevábamos pocos meses juntos, pero yo lo supe desde el principio, que yo a él también le quería. El corazón se me salía, y él empezó a meterme mano. Me acostó sobre la cama, me lamía el cuello, me tocaba las tetas y sin apenas darme cuenta estaba a punto de desvirgarme. Yo le miré con miedo, hacía mucho frío y tenía miedo. Él me besó y sin preguntarme empezó a entrar dentro de mí. Yo no me quejé, ni disfruté, esperé a que terminase y después volvió, como de costumbre, a burlarse de mi cuerpo. Yo entonces me levanté y fui hacía la ventana, necesitaba aire, él corrió también hacía allí, cuando le miré vi de fondo una cámara. Lo había grabado todo.
Pero desde luego no es eso por lo que quería escribir hoy en este ordenador, para nada. Pero es que los dedos no me hacen caso, y empiezan a convulsionar por su cuenta palabras que no vienen a cuento. Será el alcohol o que tengo miedo y está oscuro y hace frío. Empecemos de nuevo y paciencia amigos lectores.
Recuerdo estar leyendo, en las escaleras que subían a la entrada del colegio. Las páginas tenían una luz especial que hacía la lectura aún más interesante. No recuerdo qué libro leía, pero estoy segura que era alguno de caballeros y princesas. El mundo de afuera no me importaba y las voces de otros niños estaban demasiado lejos como para poder escucharlas. Mientras leía tatareaba una canción que acompañaba a la escena. Entonces, algo me golpeó, me hizo mucho daño y empecé a llorar. No pude evitarlo ni siquiera pensé en hacerlo. Miré la piedrecilla que entonces se me hizo enorme, me tocaba la cabeza desorientada y cuando levanté la vista había muchos niños señalándome y riéndose. Esas risas se me hicieron casi macabras, no entendía por qué pasaba eso. Esas risas, aún suenan en mi cabeza, eran como las de un payaso malvado que viene a matarte. Tenía mucho miedo y todo parecía perder su sentido.
Discúlpenme de verdad, no pierdan la paciencia conmigo, pero esa tampoco es la historia que me ha llevado a escribir esta noche. Porque no estoy escribiendo en el ordenador. En realidad, sigo aquí, mirándole, atrapada en este puf insufrible y temiendo el no poder irme. Me he imaginado ya varias veces yéndome, y dejando todo esto atrás lo más pronto que pueda. Pero no puedo irme. No sé si es por este sillón, por el alcohol, o porque estoy esperando un giro inesperado de la historia que haga que no se termine hoy, esta noche, o porque tengo frío y quiero besarle.
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